En mi experiencia como alumna, he vivido muchas clases tediosas y algunas interesantes, o por lo menos anecdóticas. De todas ellas, me quedo con una, no sin antes destacar mis clases de teatro, en el instituto. Sí, teníamos esas clases llenas de arte, creatividad e inspiración. Y, sí, contaban en la evaluación.
Dejando de una lado esas maravillosas clases de teatro llenas de espontaneidad, me voy a centrar en una clase de filosofía. Estaba cursando tercero de bachillerato y nos habían encargado la lectura de un libro "Ética para Amador", de Fernando Savater. El libro versa sobre la libertad, básicamente. Y te deja como una posible conclusión que siempre somos libres de elegir un camino, aunque no podemos elegir qué caminos tenemos para nuestra elección.
Después de haber leído el libro, la siguiente clase de Filosofía consistió en un debate, más o menos improvisado, sobre qué podía haber de cierto en esa idea de la libertad.
Fue una clase diferente, donde no hacía falta estar disciplinadamente sentad@s en nuestras sillas, y había algun@ de nosotr@s que usaban su mesa de asiento. Era como una tertulia. Nada parecido a la típica clase magistral.
En esa clase el centro absoluto éramos nosotr@s, l@s alumn@s. Nuestro profesor se mantuvo al margen y básicamente intervenía para reconducir el debate o poner orden si algun@ faltaba al respeto o no guardaba turno de palabra. El profesor era nuestro moderador.
De todo el hilo de la conversación, el profesor sabía cómo relacionarlo con algún tema que hayamos visto con anterioridad, de esa manera íbamos refrescando memoria o simplemente se entendían mejor algunos conceptos ya vistos en clase.
Hicimos alguna más de estas clases, con ese profesor, pero la que más recuerdo, por lo acalorado de la discusión, ya que había varias posturas enfrentadas, era ésta.
Lo que más destaco de estas clases era lo diferente que son a una clase magistral y la sensación que tienen l@s alumn@s de ser parte activa de la clase, de no ser simplemente receptores pasivos de los conocimientos.